“Eso ya lo sé”.
“A mí no me vas a enseñar nada nuevo a estas alturas”.
“Aquí siempre se ha hecho así”.
He escuchado estas frases en Consejos de dirección, en evaluaciones de desempeño y en pasillos de empresas familiares más veces de las que puedo contar. A menudo se dicen con un tono de arrogancia, de suficiencia, de “yo tengo el control”.
Pero voy a ser clara contigo, desde mi experiencia como directora de RRHH: esas frases no son señales de sabiduría, son el sonido exacto de un cerebro cerrándose, son el portazo que le das a tu propio potencial por puro miedo.
La arrogancia es el disfraz del miedo
Cuando alguien te dice “eso ya lo sé” ante una nueva perspectiva, no está demostrando conocimientos, está protegiendo su ego.
La ciencia nos dice que el cerebro humano está diseñado para ahorrar energía y buscar seguridad.
Salir de la zona de confort, cuestionar nuestras propias certezas o admitir que quizás no tenemos la verdad absoluta, activa las mismas alertas cerebrales que el dolor físico.
Decir “enséñame” o “no lo sé” requiere vulnerabilidad, y en el mundo corporativo tradicional, nos han enseñado que la vulnerabilidad es debilidad.
Nada más lejos de la realidad.
La persona que se atrinchera en el “ya lo sé” es, en realidad, alguien aterrorizado. Tiene miedo a parecer incompetente, miedo a perder estatus o miedo a descubrir que ha estado equivocado durante los últimos diez años.
El cáncer de la empresa familiar: la “verdad absoluta” del dueño
He vivido esto desde las entrañas de la empresa familiar. El fundador o el dueño tiene la visión, sí, pero a menudo cae en la trampa de creer que también tiene la verdad absoluta.
Si el dueño es el único que piensa, la empresa tiene un techo de cristal muy bajo: es tan grande como la capacidad de una sola persona.
Cuando en una organización se castiga el error o se ridiculiza la ignorancia, la gente deja de aportar; se instalan en el “sí, buana” y en el “eso ya lo sé” para sobrevivir.
El talento se apaga, la innovación muere y la empresa se convierte en una extensión del ego del jefe.
Como profesional de Recursos Humanos, he visto talento brillante marcharse no por el salario, sino por la asfixia de no poder enseñar nada a quien cree saberlo todo.
¿Y luego nos preguntamos por qué no hay compromiso? ¿Por qué la gente no se involucra? ¿Por qué se les cae el boli? O ¿Por qué hacen lo mínimo?
La verdadera rebeldía hoy en día no es tener todas las respuestas; la verdadera rebeldía es tener la valentía de hacer preguntas incómodas.
Quedarse en la zona de confort, en lo que “ya sabes”, es paralizante, es elegir la muerte lenta profesionalmente.
Ampliar esa zona implica dolor implica sentirte torpe al principio, implica la incomodidad de ser el aprendiz otra vez.
Pero es ahí, y solo ahí, donde ocurre el desarrollo real.
Necesitamos empresas donde la gente pueda levantar la mano y decir “tengo una idea diferente” sin miedo a ser decapitada.
Necesitamos líderes que entiendan que su equipo no está ahí para validar sus ideas, sino para mejorarlas.
¿Vas a seguir defendiendo tu parcela o vas a empezar a crecer?
Si te has descubierto diciendo “eso ya lo sé” recientemente, detente, respira, y pregúntate: ¿Lo digo porque es verdad o lo digo porque me da miedo lo que pasaría si escucho?
La próxima vez que sientas el impulso de cerrar la puerta al aprendizaje, recuerda que esa puerta también te deja encerrado a ti.
Romper esa parálisis es el primer paso para liderarte a ti mismo y, eventualmente, liderar a otros de verdad.
Si sientes que el “ya lo sé” te está limitando o que tu entorno no te deja crecer, en RH360 te ayudamos a romper esos bloqueos con “El arte de conocerse”.
No te vamos a dar la razón; te vamos a dar herramientas.